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Mostrando las entradas de 2026

El orgullo que no pide perdón

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Hay algo en el hombre que se resiste con una terquedad casi mineral a decir: me equivoqué, hice daño, perdón. No  es la ignorancia. No es la mala memoria. Es otra cosa, más honda y más sucia. Es el orgullo, que no tolera verse disminuido, ni siquiera un instante, ante el otro. Preferimos mil veces el silencio, o la explicación, o el “ya pasó”, o el “en su momento creíamos que era lo correcto”, antes que bajar la cabeza y nombrar el daño con nombre propio. El orgullo no discute los hechos; los envuelve. Los convierte en contexto, en circunstancia, en “visión más amplia”. Y mientras envuelve, el que recibió el daño sigue ahí, esperando una palabra que no llega. Esto ocurre entre personas piadosas con la misma frecuencia que entre cualquiera. A veces más. Porque el piadoso tiene un instrumento adicional: puede disfrazar la negativa de perdón de “obediencia”, de “prudencia”, de “no dar escándalo”, de “cuidar la unidad”. Puede decir que no pide perdón porque el otro “no está preparado p...

Fondacio: el “mundo nuevo” que funcionó como secta (1974-1991)

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Hay un informe que acaba de salir y que no se puede dejar pasar. La comisión independiente mandada por la propia Fondacio publicó en octubre de 2026 un trabajo de casi quinientas páginas sobre lo que empezó como Communauté chrétienne de Formation en 1974, se llamó después Fondations du Monde Nouveau y hoy es Fondacio . El documento no es una denuncia externa ni un panfleto. Es el resultado de dos años y medio de archivos, de casi cien testimonios y de una lectura cruzada que la comisión asume como propia. Lo que dice obliga a mirar con claridad un caso que el blog todavía no había tratado: una comunidad nueva nacida de la renovación carismática, en el espíritu del Concilio, que entre 1974 y 1991 funcionó como secta y que, después de remover al fundador, no terminó de hacer el duelo de lo que había sido. El fenómeno sectario no es monopolio de los que se ubican en lo que se podría llamar el sector “conservador” de la Iglesia. También ocurre entre quienes prefirieron abusar del “espíri...

Las Carmelitas Descalzas de Nogoyá

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Nogoyá no es una secta fundada al margen de la Iglesia. Es un carmelo de verdad, con constituciones aprobadas por Roma, reja, coro y disciplina del viernes. Por eso está acá. Este blog no se ocupa de lo que el siglo llama secta porque reza distinto o ayuna. Se ocupa de lo que, dentro de la Iglesia, toma la forma de la secta: una superiora que se vuelve única mediadora de Dios, una puerta que no se abre a quien pide salir, un miedo santo usado como cerrojo, y una autoridad —obispo o dicasterio— que no visita, no corta y prefiere la fachada a la oveja. El Carmelo no es eso. Teresa no fundó una cárcel. Pero un convento cerrado, con la priora sin freno y el pastor afuera, puede volverse eso, y en Nogoyá se volvió. La sentencia lo dijo por el delito. Lo que sigue mira el mecanismo, que es el de tantas casas y movimientos que crecen con permiso de la Iglesia y sin el gobierno que la Iglesia debe. No para condenar la clausura. Para no dejar que el abuso se esconda detrás de ella. El mismo ins...

No era la única puerta

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La capillita tenía velas, retrato y una sola puerta. Del otro lado no había consigna. Había una nave. Hay hombres que salen de una secta eclesial y pasan años sin saber qué han dejado. Conviene separar, desde el principio, dos salidas que se confunden porque llevan el mismo nombre. La salida física es la visible. Se deja el cuarto, la reunión, el director, la lista, el comedor. Se cambia de ciudad o se cambia sólo de calle. Hay una fecha, aunque después no se quiera recordar. Esa salida puede ser brusca o lenta, digna o desordenada, pero tiene un umbral. Un día se duerme adentro y otro día ya no. La otra salida no tiene fecha. Ocurre en la mente y en el corazón, y es allí donde el estar o no estar se vuelve una pelea de años, a veces de una vida. Se puede haber cruzado la puerta y seguir obedeciendo por dentro. La voz del director sigue corrigiendo el pensamiento. El miedo antiguo sigue midiendo cada misa en una parroquia ordinaria. Se reza y, a mitad del avemaría, aparece la sospecha ...

El buen espíritu y el recinto cerrado

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«Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe.» (1 Cor 13,1) Hace un año y medio recomendé vivamente El minuto heroico . Quienes lo vieron reconocieron, si conocían de cerca ciertas instituciones católicas de alto control, un patrón que no es anecdótico: captación temprana, alejamiento de la familia de sangre, dirección espiritual convertida en presión, trabajo sin derechos disfrazado de entrega, y esa frase que se repite hasta el cansancio cuando alguien por fin se va: «si el primer día me lo hubieran explicado todo…». El viernes 25 de septiembre HBO Max estrenó la continuación. Se titula El buen espíritu: Detrás de la puerta del Opus Dei . La dirige otra vez Mònica Terribas. Son tres episodios. Hablan catorce hombres —en su mayoría antiguos numerarios y algunos sacerdotes— de once países: España, Italia, Francia, Polonia, Alemania, Inglaterra, México, Guatemala, El Salvador, Estados Unidos, Argentina....

La capillita y la catedral

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Hay un párrafo que, una vez escrito, no admite adorno. Conviene dejarlo en el centro, como piedra de toque: Los rasgos sectarios no consisten en que todos los miembros sean fanáticos. Consisten en que la estructura permite el fanatismo, lo premia a veces y lo explica como fidelidad. Un cuerpo católico verdadero tiene un correctivo visible: el Papa, el obispo, el derecho, la posibilidad de irse —de esa institución, no de la Iglesia— sin perder el cielo. Cuando ese correctivo se declara corrupto de manera permanente, el recinto se cierra. Eso basta. El resto es comentario. Y el matiz no es menor: irse de un movimiento, de una fraternidad, de una “familia de almas”, no es irse de la Barca. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Quien confunde la salida de un recinto humano con la apostasía ya ha puesto a la criatura en el lugar del Creador. No hablo de herejía abierta. La herejía tiene al menos la honestidad de decir que ya no cree. Lo que aquí se describe es más sutil y, por eso, más dañi...

La caridad marchita: el termómetro que no engaña

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Hay un criterio antiguo y terriblemente exacto, más certero que mil listas de “características sectarias” elaboradas por psicólogos o periodistas. Es el que nos dejó el Apóstol en una de las páginas más desnudas del Nuevo Testamento: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1). Y más adelante, sin concesiones: «La caridad no es envidiosa, no se jacta, no se envanece; no hace nada indebido, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal…» (vv. 4-5). Cuando un grupo que se presenta como católico —y a veces con una ortodoxia doctrinal aparentemente impecable— comienza a perder esta caridad, no estamos ante un simple exceso de celo ni ante una “formación exigente”. Estamos ante el síntoma clave de que hemos entrado en terreno sectario. La caridad verdadera, la que enseñó Cristo y defendió la Tradición, no es un sentimiento vago ni una consigna de campaña. Es la forma de todas la...