El orgullo que no pide perdón
Hay algo en el hombre que se resiste con una terquedad casi mineral a decir: me equivoqué, hice daño, perdón. No es la ignorancia. No es la mala memoria. Es otra cosa, más honda y más sucia. Es el orgullo, que no tolera verse disminuido, ni siquiera un instante, ante el otro. Preferimos mil veces el silencio, o la explicación, o el “ya pasó”, o el “en su momento creíamos que era lo correcto”, antes que bajar la cabeza y nombrar el daño con nombre propio. El orgullo no discute los hechos; los envuelve. Los convierte en contexto, en circunstancia, en “visión más amplia”. Y mientras envuelve, el que recibió el daño sigue ahí, esperando una palabra que no llega. Esto ocurre entre personas piadosas con la misma frecuencia que entre cualquiera. A veces más. Porque el piadoso tiene un instrumento adicional: puede disfrazar la negativa de perdón de “obediencia”, de “prudencia”, de “no dar escándalo”, de “cuidar la unidad”. Puede decir que no pide perdón porque el otro “no está preparado p...