El orgullo que no pide perdón



Hay algo en el hombre que se resiste con una terquedad casi mineral a decir: me equivoqué, hice daño, perdón. No es la ignorancia. No es la mala memoria. Es otra cosa, más honda y más sucia. Es el orgullo, que no tolera verse disminuido, ni siquiera un instante, ante el otro. Preferimos mil veces el silencio, o la explicación, o el “ya pasó”, o el “en su momento creíamos que era lo correcto”, antes que bajar la cabeza y nombrar el daño con nombre propio. El orgullo no discute los hechos; los envuelve. Los convierte en contexto, en circunstancia, en “visión más amplia”. Y mientras envuelve, el que recibió el daño sigue ahí, esperando una palabra que no llega.

Esto ocurre entre personas piadosas con la misma frecuencia que entre cualquiera. A veces más. Porque el piadoso tiene un instrumento adicional: puede disfrazar la negativa de perdón de “obediencia”, de “prudencia”, de “no dar escándalo”, de “cuidar la unidad”. Puede decir que no pide perdón porque el otro “no está preparado para recibirlo”, o porque “ya se lo confesó a Dios”. El resultado es el mismo: el orgullo sale indemne y el otro queda con su herida abierta. La confesión sacramental no sustituye la reparación. Lo dice la tradición con claridad; lo vivimos con claridad todavía mayor.

Cuando el orgullo se vuelve institucional, el problema se agrava. Una institución —y más una institución religiosa— tiene que justificarse a sí misma. Tiene historia, carisma, fundadores, textos fundacionales, personas que entregaron la vida creyendo en ella. Pedir perdón por algo que no fue un accidente lateral, sino una manera de ser, implica admitir que parte de esa historia está viciada. No es un error de gestión. Es una distorsión que se sostuvo durante décadas, que formó personas, que se transmitió como “espíritu de la casa”. En ese punto el perdón deja de ser un gesto y se convierte en una amenaza: amenaza la identidad. Si lo que hicimos mal no fue una desviación, sino el modo habitual de ejercer el poder, de interpretar la obediencia, de “proteger” a las hermanas o a los hermanos, entonces ¿qué queda de lo que creímos ser?

En las llamadas sectas eclesiales esto se ve con nitidez especial. El defecto no es accidental; está en el origen o se instaló muy pronto y se naturalizó. El fundador o la fundadora es intocable, o lo es casi. La obediencia se absolutiza. El exterior se vuelve sospechoso. El silencio se impone como virtud. Cuando alguien pide perdón por ese sistema, no está pidiendo perdón por un abuso puntual; está diciendo que el sistema mismo lastimó. Y eso, para quienes construyeron su vida espiritual sobre ese sistema, suena a demolición. Por eso se resisten. No porque sean peores que otros, sino porque el costo es más alto: no es admitir un pecado, es admitir que la forma de vida que los sostuvo tenía un núcleo enfermo.

El caso reciente de las Benedictinas del Sagrado Corazón de Montmartre muestra que, a veces, el gesto ocurre. La congregación pidió perdón públicamente en 2023 y renovó esa petición al recibir el informe de la comisión independiente en enero de 2026. Las diócesis de París y de Versalles reconocieron, con palabras claras, que no habían ejercido la vigilancia que les correspondía. Es poco frecuente. Duele, sin embargo, comprobar que el Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada no haya hecho lo mismo. No se trata de exigir un teatro. Se trata de que quien tenía la responsabilidad última de vigilancia también diga, con la misma claridad, que no la ejerció a tiempo. Cuando esa palabra falta, el perdón de los de abajo queda a medias, y el de arriba conserva intacta su dignidad institucional. El orgullo, otra vez, sale indemne.

El contraste con las Carmelitas Descalzas de Nogoyá es más duro todavía. Allí hubo denuncias públicas en 2016, allanamiento, condena penal de la priora a tres años de prisión por privación ilegítima de la libertad agravada, intervención del Vaticano y remoción del cargo. Pero no se conoce ninguna declaración pública de pedido de perdón: ni de la comunidad, ni de la diócesis de Paraná, ni de Roma. Hubo negaciones, defensas, minimizaciones y una gestión administrativa. Las monjas que quedaron hablaron de perdón hacia quienes las acusaban, no de pedir perdón a las que se fueron con las heridas abiertas. Diez años después, con una serie de televisión que volvió a poner el caso en la calle, el silencio institucional sigue siendo el mismo. Montmartre al menos nombró el daño. Nogoyá no lo nombró.

Pedir perdón no borra el pasado. No devuelve los años. No repara automáticamente lo que se quebró en las personas. Pero nombra la verdad. Y la verdad, aunque sea dolorosa, es la única base sobre la que se puede reconstruir algo que no sea una mentira nueva. El orgullo prefiere la mentira cómoda. La fe, cuando es real, no tiene ese lujo.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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