La caridad marchita: el termómetro que no engaña



Hay un criterio antiguo y terriblemente exacto, más certero que mil listas de “características sectarias” elaboradas por psicólogos o periodistas. Es el que nos dejó el Apóstol en una de las páginas más desnudas del Nuevo Testamento: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1). Y más adelante, sin concesiones: «La caridad no es envidiosa, no se jacta, no se envanece; no hace nada indebido, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal…» (vv. 4-5).

Cuando un grupo que se presenta como católico —y a veces con una ortodoxia doctrinal aparentemente impecable— comienza a perder esta caridad, no estamos ante un simple exceso de celo ni ante una “formación exigente”. Estamos ante el síntoma clave de que hemos entrado en terreno sectario.

La caridad verdadera, la que enseñó Cristo y defendió la Tradición, no es un sentimiento vago ni una consigna de campaña. Es la forma de todas las virtudes, el vínculo de la perfección (Col 3,14). Se dirige primero a Dios y, por Él, al prójimo concreto: al hermano de sangre, al miembro de la misma comunidad y al que está fuera. No conoce la división tribal entre “nosotros” y “ellos”. San Agustín lo dijo con claridad: ama y haz lo que quieras, porque el amor verdadero no puede querer el mal del otro. Santo Tomás precisó que la caridad es amistad con Dios que se derrama necesariamente hacia los hombres. Donde esa amistad se estrecha hasta convertirse en lealtad de clan, la caridad se ha marchitado.

Hacia los de adentro

En los grupos sectarios eclesiales la caridad hacia los propios miembros se transforma en algo muy distinto. Se exige obediencia incondicional a un sistema humano o a un carisma presentado como casi infalible. La duda, que en la auténtica Tradición católica fue siempre espacio legítimo de crecimiento (los teólogos medievales la consideraban útil porque obligaba a pensar), se convierte en traición. Las emociones “inconvenientes” —la ira justa, el dolor de la separación familiar, el legítimo apego a los padres— son reprimidas como debilidad espiritual. Es lo que un observador atento ha llamado “la última deshumanización”.

Se aísla a los miembros de su familia natural bajo el pretexto de una “familia espiritual” superior. Se captura a los más jóvenes cuando todavía no tienen discernimiento maduro. Se les forma en una mentalidad de asedio: el mundo es hostil, la Iglesia “oficial” es tibia o corrupta, y solo este camino estrecho ofrece la salvación plena. La doctrina católica se reduce a consignas repetidas y devociones exclusivas. El libre albedrío, ese sagrario donde resuena la voz de Dios, es colonizado.

Y la caridad se convierte en lealtad tribal. Se ama al hermano mientras permanece dentro y se le abandona —a veces con frío desprecio— cuando se atreve a salir o a preguntar. Se le explota laboralmente, se le niega el descanso legítimo, se le carga de culpas si no rinde lo esperado. La corrección fraterna, que debería ser acto de misericordia, se transforma en mecanismo de control. No hay lugar para la debilidad humana, solo para el rendimiento espiritual medido según los parámetros del grupo.

Esto no es rigorismo evangélico. Es la inversión de la caridad. Porque la verdadera caridad no anula la persona: la eleva. No la reduce a instrumento de un proyecto humano, por muy “apostólico” que se presente.

Hacia los de afuera

El mismo veneno se manifiesta hacia los que están fuera. El mundo ya no es el campo donde el Padre siembra y donde el Hijo vino a buscar lo que se había perdido. Se convierte en territorio enemigo. Quienes no comparten la “línea” son vistos con sospecha, cuando no con desprecio: tibios, comprometidos, “del sistema”. La Iglesia universal, con sus debilidades y sus santos, es tratada como algo inferior o incluso peligroso.

Se controla la información. Se descalifica de antemano cualquier crítica. Se construye un relato de superioridad espiritual que justifica el aislamiento. El proselitismo deja de ser anuncio gozoso y se convierte en captación. No se busca el bien del otro por sí mismo, sino la incorporación al propio bando. Y cuando alguien se atreve a denunciar los abusos, se responde con silencio institucional, con campañas de desinformación o con el frío “nunca nadie supo nada”.

La caridad hacia el forastero —ese mandato reiterado desde el Antiguo Testamento hasta las parábolas de Jesús— desaparece. Solo queda la defensa del grupo. Es la lógica del “nosotros” cerrado frente al “ellos” amenazante. Exactamente lo contrario del “amad a vuestros enemigos” y del “haced el bien a los que os odian”.

El indicador decisivo

No es necesario que el grupo niegue dogmas. Puede rezar el Rosario, defender la Misa tradicional, citar a los Padres y a los Papas anteriores a 1962 con precisión. Puede parecer, desde fuera, un bastión de ortodoxia. Pero si la caridad se ha marchitado —si hacia dentro reina el control que ahoga y hacia fuera la desconfianza que desprecia—, estamos ante una mixtura perniciosa. Una mixtura que, como se ha escrito con dolor, “envenena la raíz misma de la fe”.

La verdadera Tradición no produce sectas. Produce santos capaces de amar hasta el extremo, incluso a los que los persiguen. Produce hombres y mujeres que, sin dejar de ser firmes en la fe, no confunden la fidelidad a Dios con la sumisión ciega a un sistema humano. Produce esa libertad interior que solo el Espíritu Santo puede dar.

Por eso, cuando uno observa un grupo y ve que la caridad se ha vuelto condicional, tribal, selectiva; cuando ve que se ama más la “obra” que a las personas concretas que la integran o que están fuera de ella; cuando se percibe el frío de la lealtad exigida en lugar del calor del amor gratuito… entonces no hace falta más diagnóstico. El termómetro no engaña.

Que el Señor nos dé ojos para discernir y corazón para no caer. Y que, si alguna vez hemos participado —aunque fuera con buena intención— de dinámicas que ahogaron la caridad, tengamos la humildad de reconocerlas y el coraje de salir de ellas. Porque la fe verdadera no esclaviza: libera. Y la caridad verdadera no divide: une en Cristo.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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