Las Carmelitas Descalzas de Nogoyá
Nogoyá no es una secta fundada al margen de la Iglesia. Es un carmelo de verdad, con constituciones aprobadas por Roma, reja, coro y disciplina del viernes. Por eso está acá. Este blog no se ocupa de lo que el siglo llama secta porque reza distinto o ayuna. Se ocupa de lo que, dentro de la Iglesia, toma la forma de la secta: una superiora que se vuelve única mediadora de Dios, una puerta que no se abre a quien pide salir, un miedo santo usado como cerrojo, y una autoridad —obispo o dicasterio— que no visita, no corta y prefiere la fachada a la oveja.
El Carmelo no es eso. Teresa no fundó una cárcel. Pero un convento cerrado, con la priora sin freno y el pastor afuera, puede volverse eso, y en Nogoyá se volvió. La sentencia lo dijo por el delito. Lo que sigue mira el mecanismo, que es el de tantas casas y movimientos que crecen con permiso de la Iglesia y sin el gobierno que la Iglesia debe. No para condenar la clausura. Para no dejar que el abuso se esconda detrás de ella.
En una, es la disciplina que la constitución de las Carmelitas Descalzas manda tomar: de varillas, en los días que señala, y todos los viernes del año en el coro de las monjas, después de Maitines, por el espacio de un salmo Miserere, por el aumento de la fe, por los bienhechores, por las almas del Purgatorio, por los cautivos y por los que están en pecado mortal.
En la otra, es herramienta de encierro: la mordaza, el pan en el piso, el golpe que ya no es el viernes de regla sino el precio de no irse. Nogoyá no condena al Carmelo. Condena a una priora que tomó lo que la Orden prescribe y lo que la Orden solo permite con licencia, y lo volvió modo de retener.
Hay otro juicio, anterior al tribunal y más extendido que cualquier serie. Muchos, al oír hablar de disciplina y de cilicio, sienten horror. No el horror por el encierro, que sería justo, sino el horror por el instrumento. Lo dan por obsoleto. Lo dan por inhumano. Entre esos muchos hay católicos practicantes, gente de misa, que ya no reconoce una penitencia que la Iglesia aprobó durante siglos y que estas constituciones, promulgadas en 1990, todavía mandan. Conviene separar las dos náuseas. Una mira la mano y acierta. La otra mira el instrumento y se espanta de una práctica que no ha leído.
Quien, a partir de Nogoyá, declara secta a la clausura, cárcel al voto y tortura a toda penitencia, no está juzgando un crimen. Está usando un crimen.
Los hechos
El monasterio es el de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen, Carmelitas Descalzas, en Nogoyá, Entre Ríos.
Pertenece a la rama de las carmelitas con Constituciones aprobadas por Juan Pablo II el 8 de diciembre de 1990. No es la forma primera ni la única. Teresa puso sus primeras casas bajo el obispo. Con los siglos, la mayoría de los carmelos de monjas quedó bajo los frailes descalzos. Después del Concilio, un grupo pidió no depender de ellos, y Roma le dio este texto. No reformó la jornada. La confirmó: ayuno, silencio, reja, torno, hábito y disciplina del viernes después de Maitines siguen los de 1581, con el añadido jurídico que pedía el Código nuevo. Lo que cambió fue el gobierno. Esos monasterios salieron de la obediencia de los frailes. Encima quedó la Santa Sede. Al lado, la vigilancia del obispo, según el canon 615. Los demás recibieron en 1991 otro texto, y siguen ligados a la Orden. Nogoyá es de los primeros. La vida de cada día no se mitigó. Se quedó sin el provincial que antes podía entrar. El control cercano era el arzobispo de Paraná.
La priora era Luisa Ester Toledo, de nombre religioso María Isabel de la Santísima Trinidad. Gobernó esa casa más de veinte años, hasta que la Justicia la apartó en septiembre de 2016.
La sentencia tuvo por víctimas a dos.
Silvia Graciela Albarenque, hermana María Teresa de la Eucaristía, entró en 1999, a los dieciocho, y salió en 2013, recogida por su madre. El tribunal tuvo por acreditado que, desde que pidió irse, fue retenida cerca de seis años. No son catorce años de cárcel: son catorce de convento, y cerca de seis de retención contra una voluntad ya dicha.
Roxana Andrea Peña, hermana Rosa de la Madre de Dios, estaba en esa casa desde la fundación, unos treinta años. Desde 2015 pidió salir, de palabra y por escrito. La retuvieron alrededor de un año y medio. El 28 de marzo de 2016 consiguió una llave, salió por una puerta de servicio y llegó a la Basílica de Nuestra Señora del Carmen. El párroco José Bonín la recibió. El arzobispo autorizó ese mismo día el pasaje a Concordia, adonde viajó por la tarde y la esperaba su hermana.
Lo secuestrado el 25 de agosto de 2016, la madrugada en que la revista Análisis publicó la investigación de Daniel Enz, fue concreto: catorce disciplinas de tiento trenzado, de unos cincuenta centímetros, endurecidas con cera y con nudos, y catorce cilicios metálicos, bandas de alambre con púas. También mordazas caseras, hechas con tubos de suplementos vitamínicos perforados y sujetos con elástico. El tiento es cuero. La constitución, en el paso que citamos, habla de disciplinas de varillas, no de tiento. No es lo mismo, y no hay por qué fingir que lo es. Los testimonios añadieron lo que no se secuestra: celda a pan y agua, horas de rodillas, archivo de los pedidos de salida, la frase de que una esposa de Cristo no piensa en abandonar la casa de Dios. Albarenque escribió durante años, en papeles encontrados, “Madre nuestra, me quiero ir”. Peña dijo que encerrada estaba muerta en vida. El tribunal tuvo además por probado un convento vuelto difícil de dejar: cámaras, cerco de alambre de púa y vidrio molido, puertas con llave, vigilancia en el locutorio.
La condena de primera instancia es de 2019, del Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay. La pena de tres años de prisión efectiva quedó fijada el 5 de julio de 2020. El delito no fue abuso sexual. Fue privación ilegítima de la libertad agravada por violencia y amenazas, en perjuicio de las dos. El fiscal había pedido seis años y medio. El tribunal bajó la pena por la edad, la salud y una vida casi entera en clausura. Casación confirmó. El 18 de agosto de 2021 el Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos rechazó el recurso extraordinario federal. El 25 de agosto de 2021 ingresó a la Unidad Penal Nº 6 de Paraná. El 8 de septiembre de 2022 obtuvo la libertad condicional. El plazo de la condena se cumplió el 23 de agosto de 2024. Se la señaló como la primera religiosa del país en terminar condenada y presa por estos hechos. El superlativo es de la prensa. El fallo no lo necesita.
Eso es lo sentenciado. La serie que lo cuenta en 2026 puede ilustrar. No puede sustituir.
Lo que fue criminal
En la ley natural, nadie es dueño del cuerpo ajeno. Se puede prometer obediencia. No se puede prometer la esclavitud, porque no es materia de voto. Quien impide salir a quien pidió salir, y lo impide con hambre, mordaza y amenaza, no ejerce un oficio. Ejerce una tiranía pequeña.
En el derecho de la Iglesia, el voto obliga en lo lícito. La obediencia no ata a lo ilícito, ni convierte el pedido de salida en culpa. Existen la exclaustración y la dispensa precisamente porque el claustro no es cárcel sin puerta. Retener a la que escribió durante años que se quería ir, callarla y decirle que irse es faltar a Cristo, no es guardar la Regla.
En el Código Penal bastó el delito viejo. La defensa alegó libertad de culto. Sirve para defender el altar. No sirve para defender la celda. La libertad de culto no cubre el secuestro.
No hubo condena por abuso sexual. Llamarlo así es mentir para acomodarlo al escándalo de moda. Fue encierro, maltrato y uso del miedo religioso —santo en una novicia, y por eso fácil de torcer— para que la puerta no se abriera. El crimen no está en que la constitución mande la disciplina del viernes. Está en haber usado instrumentos de penitencia, y otros que la penitencia no conoce, para retener.
Lo que la Regla manda y lo que prohíbe
La Regla del Carmen no es un manual de comodidad. Manda silencio, ayuno, trabajo, coro, desprendimiento. Las constituciones que estas monjas guardan, y que recogen las de Teresa, mandan la disciplina de los viernes en el coro, después de Maitines, por un Miserere. No hay que pedirla cada viernes: la pide el texto. Lo que sí pide licencia es lo demás. El mismo paso lo dice: ninguna tome más disciplina, ni haga cosa de penitencia, sin licencia de la madre priora. Y el otro paso, el del refectorio, es distinto: si antes de sentarse a comer el Señor da espíritu a una hermana para hacer alguna mortificación, pida licencia, y que sea breve para no estorbar la lectura.
El cilicio no está en ese mandato del viernes. Es penitencia añadida. Cae bajo la cláusula de la licencia, no bajo la del Miserere. En Nogoyá la defensa dijo que disciplina y cilicio eran reglamentarios. Es verdad a medias. La disciplina del viernes, en el coro, después de Maitines, lo es. El cilicio, y cualquier disciplina fuera de esa, solo lo es si hay licencia de la priora. La mordaza no entra en ninguna de las dos. No es varilla, ni tiento de regla, ni cilicio. Es un invento de encierro.
Santa Teresa no era blanda, ni era una necia del rigor. Quiso la penitencia ardiente y la priora discreta, que dispense con caridad, y la maestra de novicias que mire más lo interior que lo exterior. El ayuno de capítulo y la disciplina por una culpa, cuando el texto los prevé, son pena dicha, con término. La celda a pan y agua para que no se marche la que ya pidió marcharse no es esa pena. Es violencia.
La clausura es muro contra el siglo. No es muro contra la propia hermana. Se cierra la reja para que el ruido no entre. No se cierra para que la que ya no puede más no salga.
De dónde viene el horror
Esas prácticas producen hoy un horror casi unánime. No solo en quien odia la religión. También en el católico practicante, que comulga, reza, y considera la disciplina una reliquia bárbara. Cree que la penitencia cristiana maduró hasta volverse solo interior. No es lo que dicen las constituciones de 1990, que siguen mandando el viernes en el coro. Lo que caducó en muchos fieles no fue el texto. Fue la memoria.
El horror viene de una idea del cuerpo que ya no tiene casilla para el ofrecimiento. El dolor voluntario solo se lee como enfermedad o como delito. Autolesión o tortura. Falta la tercera, que es la que la Iglesia usó: unir una pena breve a la Pasión, por un salmo, por los vivos y por los muertos. Sin esa casilla, el instrumento es ininteligible, y lo ininteligible se vuelve monstruoso.
Viene de una Cruz que se cuelga y ya no se acompaña. Se sigue el crucifijo. Ya no se predica que el cristiano pueda completar en su carne algo de lo que falta a la Pasión. Si la Cruz fue solo para que nosotros no padezcamos nada, cualquier disciplina es un retroceso. Se soporta al Crucificado en el muro. No se soporta el Miserere del viernes.
Viene de la formación. Durante dos o tres generaciones se alivió el viernes hasta la nada y se explicó la penitencia como cambio de actitud. El católico que se espanta no es hereje por eso. Es hijo de un silencio. Nadie le leyó el número. Recibió una religión de consuelo, y cuando oye “disciplina” reconoce lo que una serie le enseñó a temer, no lo que su Orden todavía escribe.
Y viene del modo en que el instrumento llega. El siglo no lo encuentra en el coro, después de Maitines, por un salmo. Lo encuentra en un allanamiento. Llega ya condenado. Se muestra solo el abuso, y se concluye que el instrumento es el abuso.
No lo es. Obsoleto sería lo que la Iglesia hubiera retirado. Estas constituciones no lo han retirado. Lo regulan: día, lugar, duración de un salmo, y licencia para todo lo que pase de ahí. Puede ser imprudente. Puede ser, en manos torcidas, lo que fue en Nogoyá. Nada de eso lo vuelve una vergüenza de la que haya que distanciarse para seguir siendo católico. Distanciarse de lo que el texto manda, para quedar bien con el siglo, es distanciarse de una parte de la vida religiosa que la Iglesia no ha abrogado.
El obispo, y Roma
El escándalo propio no es el Miserere del viernes. Es el pastor que no corta el abuso.
Monseñor Juan Alberto Puiggari era arzobispo de Paraná. Las Constituciones de 1990 le daban la visita y la conversación con cada religiosa. Era el control cercano.
Lo público es la frase. Después del allanamiento dijo que no eran elementos de tortura, que se usaban desde hacía años porque eran modos de ofrecerle algo a Dios. Dijo una verdad general —la disciplina del viernes puede ser ofrecimiento— para cubrir un hecho particular que ya no lo era. La verdad de la tradición no sirve de coartada. Nunca reconoció la sentencia.
Lo demás no está juzgado, y no voy a escribirlo como si lo estuviera. La víctima y su hermano sostienen que en abril de 2013, al salir Silvia, ella informó al arzobispo de la comida, la mordaza y los castigos, y que el régimen no se detuvo: Peña siguió adentro hasta 2016. Sostienen también que la diócesis costeó la defensa. Es denuncia sostenida, y silencio donde una palabra clara habría bastado. No es sentencia. Tampoco es inocencia el silencio. Sí consta otra cosa, y no hay que ocultarla: el día de la fuga, consultado por el párroco, autorizó el pasaje de Peña a Concordia. Actuó en la salida. No consta que hubiera actuado en el encierro.
Y aquí el caso deja de ser solo suyo. Muy lamentablemente, Puiggari es uno más en una serie larguísima de figuras de autoridad en la Iglesia que no parecen tomarse la vocación en serio. El oficio del obispo no es administrar una imagen. Es guardar almas. Visitar, oír, cortar, sacar a la que pide salir, deponer a la que retiene. Lo que se ha visto, una vez y otra, es lo contrario: minimizar el hecho, cubrir al superior, esperar que el escándalo no llegue al diario, y cuando llega, explicar que las cosas no son como parecen. Lo vimos en los abusos sexuales, donde durante décadas se trasladó al culpable y se pidió silencio a la víctima para no dañar a la Iglesia, como si la Iglesia se dañara más con la verdad que con el delito. Lo vemos en los abusos de conciencia y de autoridad, en esas sectas eclesiales que crecen a la sombra de una diócesis y a las que el obispo no visita, no corrige y no disuelve, porque disolverlas sería admitir que estuvieron ahí con su permiso. El mecanismo es el mismo. Se prefiere la fachada a la oveja. Se llama prudencia a la omisión. Se llama respeto a la tradición a lo que ya es encubrimiento del que abusa de ella. Nogoyá no necesita el delito sexual para entrar en esa serie. Le basta un arzobispo que, teniendo la visita por derecho propio, dejó que la llave hiciera el trabajo de la visita.
Roma llegó tarde, y llegó. Hubo visita apostólica. El 8 de noviembre de 2016 la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, por informe del arzobispo Rodríguez Carballo, dio razones para apartarla. En diciembre de ese año un documento firmado por Francisco la removió del cargo de superiora y dispuso que no lo fuera en casa alguna de la congregación. La Justicia ya la había separado en septiembre. No es poco. Tampoco es pronto. Entre 2013 y marzo de 2016 la segunda denunciante no salió por una visita canónica. Salió por una llave.
El uso del caso
Una priora abusa. Un tribunal condena. Una serie estrena. Y el caso deja de ser el de Luisa Toledo y pasa a ser el del Carmelo, el de la clausura, el de la penitencia, el de la religión que todavía cree que una mujer puede encerrarse por Dios. El horror legítimo ante el encierro se funde con el horror ante el instrumento. Al final no se distingue. Todo duele, luego todo es delito.
Se toma lo sectario —y hubo, en Nogoyá, algo de secta: el secreto, el miedo, la priora como única mediadora, la puerta cerrada a la que pide salir— y se lo extiende hasta la tradición entera, como si Teresa hubiera fundado una cárcel. No lo hizo. Un convento cerrado, con una superiora sin freno y un obispo que no corta el abuso, puede volverse secta. El remedio nunca fue abolir la cosa. Fue juzgar a la persona, visitar la casa y guardar la regla. Una familia también puede volverse cárcel. No por eso se declara ilícita la familia.
La serie tiene derecho a la ficción. No tiene derecho a que le creamos la tesis. La tesis de este género es que la tradición era el abuso, y que la salida al siglo es la salud. Una vocación destruida no prueba que la vocación sea destrucción. Prueba que hubo quien la destruyó. Y el católico que, para no quedar del lado de la priora, concede que la disciplina del viernes es una vergüenza superada, ya hizo la mitad del trabajo de la serie. Se entra por la mordaza, que es indefendible, y se sale condenando el ayuno, la reja, el voto y el silencio.
Cierre
Nogoyá no se defiende. Ya fue sentenciado. Una priora usó el hábito, la reja y el miedo de Dios para retener a dos mujeres que querían irse. La Justicia, en esto, vio el encierro. Roma, tarde, removió. La tradición no queda en deuda con ese fallo. Queda en deuda con las que pidieron salir y no fueron oídas a tiempo, y con cada pastor que, pudiendo entrar, prefirió que la casa no hiciera ruido.
Tampoco queda en deuda con el horror. El horror ante la cárcel es sano. El horror ante la disciplina que la constitución manda los viernes, en el coro, después de Maitines, por un Miserere, es otra cosa: un cuerpo que ya no se ofrece, una Cruz que ya no se acompaña, una formación que no leyó el número, y un siglo que solo muestra el instrumento cuando puede mancharlo.
No hace falta quemar la varilla para condenar la mano. Hace falta lo que en Nogoyá faltó a tiempo: una priora que no convierta el viernes en yugo, un obispo que entre antes de la fuga, y una libertad de salir que ningún voto compra ni vende. Lo demás pasará con la serie. La Regla no pasa. Tampoco el juicio, que ya está escrito.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
Comentarios
Publicar un comentario