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La caridad marchita: el termómetro que no engaña

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Hay un criterio antiguo y terriblemente exacto, más certero que mil listas de “características sectarias” elaboradas por psicólogos o periodistas. Es el que nos dejó el Apóstol en una de las páginas más desnudas del Nuevo Testamento: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1). Y más adelante, sin concesiones: «La caridad no es envidiosa, no se jacta, no se envanece; no hace nada indebido, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal…» (vv. 4-5). Cuando un grupo que se presenta como católico —y a veces con una ortodoxia doctrinal aparentemente impecable— comienza a perder esta caridad, no estamos ante un simple exceso de celo ni ante una “formación exigente”. Estamos ante el síntoma clave de que hemos entrado en terreno sectario. La caridad verdadera, la que enseñó Cristo y defendió la Tradición, no es un sentimiento vago ni una consigna de campaña. Es la forma de todas la...