Fondacio: el “mundo nuevo” que funcionó como secta (1974-1991)
Hay un informe que acaba de salir y que no se puede dejar pasar. La comisión independiente mandada por la propia Fondacio publicó en octubre de 2026 un trabajo de casi quinientas páginas sobre lo que empezó como Communauté chrétienne de Formation en 1974, se llamó después Fondations du Monde Nouveau y hoy es Fondacio. El documento no es una denuncia externa ni un panfleto. Es el resultado de dos años y medio de archivos, de casi cien testimonios y de una lectura cruzada que la comisión asume como propia. Lo que dice obliga a mirar con claridad un caso que el blog todavía no había tratado: una comunidad nueva nacida de la renovación carismática, en el espíritu del Concilio, que entre 1974 y 1991 funcionó como secta y que, después de remover al fundador, no terminó de hacer el duelo de lo que había sido.
El fenómeno sectario no es monopolio de los que se ubican en lo que se podría llamar el sector “conservador” de la Iglesia. También ocurre entre quienes prefirieron abusar del “espíritu” del Concilio para impulsar un quiebre con la tradición. Fondacio es uno de esos casos. No nació de una defensa de la misa antigua ni de una crítica a las reformas. Nació del otro lado: del lenguaje del “mundo nuevo”, de la experiencia fuerte y de la idea de que había que empezar de cero. El informe muestra que, en ese terreno, los mismos mecanismos de control, de culto al fundador y de pérdida de crítica operaron con la misma eficacia.
Para muchos que pasaron por ahí la experiencia fue fuerte y verdadera, como se da en muchas sectas eclesiales de las que hablamos en este Blog. Encontraron amistad, redescubrieron la fe o recibieron orientaciones que marcaron sus vidas. El informe no lo niega y no pretende medir lo que cada uno recibió en la conciencia. Esa concesión obliga a todo lo que sigue. No se trata de negar lo que hubo de real para algunos. Se trata de ver cómo, al mismo tiempo, el sistema permitía y a veces premiaba lo que terminó destruyendo a otros.
El origen está en Poitiers, en 1974. Jean-Michel Rousseau y su mujer Jane, venidos del neo-pentecostalismo estadounidense y de la formación PRH de André Rochais (un método de psicología humanista de desarrollo personal), arman una comunidad de formación para jóvenes. El lenguaje es el del “mundo nuevo”, la radicalidad de la entrega, la experiencia del Espíritu. El Cardinal Suenens, primado de Bélgica y uno de los cardenales más influyentes del Concilio Vaticano II y del período posconciliar, los apoya durante años. Varios obispos ven con buenos ojos un movimiento que “acoge jóvenes”. En cinco años pasan de un grupo de oración a más de doscientos cincuenta jóvenes que dejan todo para vivir en comunidad. El atractivo es real. Y la pobreza teológica también. Rousseau no lee a los Padres, no conoce a Santo Tomás, ignora el misterio pascual y la mediación de Cristo. Cita la Biblia cuando le sirve y a veces da una conferencia sobre la creación sin abrirla. Sus enseñanzas, miles de páginas guardadas en carpetas que él mismo llamaba “Historia Santa”, son a menudo un palabrerío sin sustancia. Él se presenta como depositario único del don de la fundación, intermediario entre Dios y la comunidad, semilla de Dios. Una especie de auto-mesianismo que no necesita otra autoridad.
La formación PRH obligatoria y pagada de su bolsillo hacía el resto. Bajo el pretexto de “emerger el ser profundo”, despojaba de las identificaciones anteriores y entregaba a la persona a la doctrina del fundador como único sistema de sentido. El “sistema social de fundación” y la “filiación” que Rousseau toma de Rochais desinstitucionalizan lo que empieza a organizarse. Se crean órganos paralelos, se dejan morir los estatutos, y el poder real circula por una jerarquía iniciática opaca que depende directamente del fundador. Las barreras entre lo público y lo privado se diluyen. El informe habla de un clima “incestual”. El deseo sexual no regulado infiltra las relaciones, incluso las que se presentaban como terapéuticas o espirituales. Nada protege a los miembros de la lujuria de sus guías.
La comisión identifica ocho desviaciones que coinciden punto por punto con los criterios de la MIVILUDES para establecer un funcionamiento sectario entre 1974 y 1991: lenguaje propio del grupo, compromiso exclusivo, sumisión total a los líderes, pérdida de espíritu crítico, respuestas estereotipadas a las preguntas existenciales, atentados a la integridad, obligación de comprar o autofinanciarse, desvío de circuitos económicos. No son rasgos sueltos. Se sostienen mutuamente. La espiritualidad desviada justifica la entrega absoluta. La formación PRH y la filiación disuelven las defensas. El resultado es el terreno abierto para el abuso.
Los números son concretos. Diecinueve personas sufrieron abuso sexual con certeza, desde el voyeurismo y la exhibición hasta la violación, pasando por tocamientos y el acto de acostarse encima. Trece más son probables. El fundador y al menos otras seis o siete personas están implicados. Muchos de estos actos ocurren en el marco de un acompañamiento individual bajo pretextos pseudo-religiosos: se le dice a la persona que esos gestos le sirven para descubrir algo de sí misma y de “Dios”. El abuso sexual se apoya en el abuso espiritual. También hay explotación de los “permanentes”, obligados a buscar y convencer donantes para financiar su propio sueldo, con salarios insuficientes y sin declaración de contribuciones sociales en la época de Rousseau. Varios dirigentes vieron o supieron y no reaccionaron.
En mayo de 1991 la revelación, impulsada por PRH y La Roche d’Or, lleva a la remoción rápida de la pareja Rousseau. Se informa a los líderes internos y a los representantes de la Iglesia, pero los hechos precisos no se comunican ni a la comunidad ni al público. Se invocan el foro interno, el escándalo y la protección de las víctimas que no se habían hecho conocer. El silencio cubre a las víctimas durante casi treinta años. Solo en 2019 su voz empieza a ser escuchada de verdad. Mientras tanto, la prioridad fue salvar las Fundaciones.
Rousseau, por su parte, no se quedó quieto. Después de salir reconociendo los hechos, pasó a la Iglesia ortodoxa rusa del Patriarcado de Moscú. Fue ordenado diácono en 2000, sacerdote en 2003 y archiprêtre en 2017. Durante años sirvió como rector de la parroquia de los Nuevos Mártires y Confesores en Vanves, en la región parisina. Se jubiló en septiembre de 2024, a los ochenta años. El cambio de confesión no borró la trayectoria anterior ni las denuncias que siguieron llegando. El informe de 2026 no se ocupa de esa etapa, pero el dato importa: el hombre que construyó un sistema que la comisión califica de sectario entre 1974 y 1991 encontró después otro lugar donde ejercer autoridad pastoral.
Después de 1991 se hizo un trabajo real de revisión organizativa y de gobernanza. Se obtuvieron estatutos canónicos. Hoy Fondacio es asociación privada de fieles de derecho pontificio y declara relaciones regulares con el Dicasterio para los Laicos. El informe reconoce ese esfuerzo. Pero también constata que no se hizo el duelo del “carisma fundacional”. La intuición de Rousseau siguió siendo referencia para muchos. Se trabajó la organización, no lo suficiente el contenido espiritual. Los temas de espiritualidad, identidad y modo de gobernanza reaparecen sistemáticamente en congresos y consejos sin resolverse. Lo espiritual invade lo temporal: las cuestiones de administración y de derechos laborales se tratan con criterios espirituales desviados que impiden encontrar la respuesta concreta. La sacralización del grupo, heredada directamente de Rousseau, hace que las personas aparezcan como engranajes al servicio de la obra. El traslado a Esvière puede ser la ocasión de refundar de verdad o de seguir administrando la confusión.
El informe formula una pregunta que no es retórica: “¿Pudo el Espíritu Santo equivocarse tanto de dirección?” La cita es de un dominico. No se puede promover un caso en época ni decir que todo el Renouveau fue esto. Otras comunidades del mismo origen no siguieron el mismo camino. Pero este caso concreto muestra, con documentos y testimonios, cómo una estructura nacida en el espíritu del Concilio y del carisma postconciliar permitió el fanatismo, lo explicó como fidelidad y lo cubrió durante décadas. La aprobación eclesial funcionó como camuflaje. La caridad hacia adentro se marchitó. El corte con el fundador no fue suficiente.
La comisión ha puesto la verdad sobre la mesa. Corresponde a Fondacio y a quienes tienen autoridad en la Iglesia decidir si se rompe de verdad con ese pasado o se sigue hablando de refundación mientras se conserva lo esencial del sistema que lo hizo posible. El criterio sigue siendo el de siempre: por sus frutos, y por la capacidad real de corregir cuando el daño ya está hecho.
por Alfonso Beccar Varela y Grok


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