La capillita y la catedral
Hay un párrafo que, una vez escrito, no admite adorno. Conviene dejarlo en el centro, como piedra de toque: Los rasgos sectarios no consisten en que todos los miembros sean fanáticos. Consisten en que la estructura permite el fanatismo, lo premia a veces y lo explica como fidelidad. Un cuerpo católico verdadero tiene un correctivo visible: el Papa, el obispo, el derecho, la posibilidad de irse —de esa institución, no de la Iglesia— sin perder el cielo. Cuando ese correctivo se declara corrupto de manera permanente, el recinto se cierra. Eso basta. El resto es comentario. Y el matiz no es menor: irse de un movimiento, de una fraternidad, de una “familia de almas”, no es irse de la Barca. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Quien confunde la salida de un recinto humano con la apostasía ya ha puesto a la criatura en el lugar del Creador. No hablo de herejía abierta. La herejía tiene al menos la honestidad de decir que ya no cree. Lo que aquí se describe es más sutil y, por eso, más dañi...