Escrito por Mauricio Artieda Lo sé, lo sé, el título no es nada alentador, pero déjenme explicarles por qué creo que responde correctamente a la realidad que quiero tratar. Vivimos un tiempo muy duro para toda la Iglesia, un tiempo de dolor y vergüenza por distintos tipos de escándalos: sexuales, económicos, políticos, etc. Estoy casi seguro de que cada uno puede recordar un hecho triste sobre la Iglesia, un sacerdote o comunidad, que lo ha afectado de manera personal y espiritual. No quiero sonar demasiado dramático; este, paradójicamente, también es un tiempo de enorme esperanza, lleno de signos hermosos que nos envía el Espíritu Santo y eso es innegable. Sin embargo, para distinguir el trigo de la cizaña hay que ensuciarse las manos. Hay que evaluar, reflexionar, dar un nombre y poner en la oración, aquellas cosas que le hacen mal a la Iglesia, con la esperanza de poderlas cambiar y así renovar nuestro testimonio de auténticos discípulos de Cristo. Dicho esto...