11 síntomas de que tu comunidad se está enfermando de sectarismo
Lo sé, lo
sé, el título no es nada alentador, pero déjenme explicarles por qué creo que
responde correctamente a la realidad que quiero tratar. Vivimos un tiempo muy
duro para toda la Iglesia, un tiempo de dolor y vergüenza por distintos tipos
de escándalos: sexuales, económicos, políticos, etc. Estoy casi seguro de que
cada uno puede recordar un hecho triste sobre la Iglesia, un sacerdote o
comunidad, que lo ha afectado de manera personal y espiritual. No quiero sonar
demasiado dramático; este, paradójicamente, también es un tiempo de enorme
esperanza, lleno de signos hermosos que nos envía el Espíritu Santo y
eso es innegable. Sin embargo, para distinguir el trigo de la cizaña hay que
ensuciarse las manos. Hay que evaluar, reflexionar, dar un nombre y poner en la
oración, aquellas cosas que le hacen mal a la Iglesia, con la esperanza de
poderlas cambiar y así renovar nuestro testimonio de auténticos discípulos de
Cristo.
Dicho esto,
me interesa hablar de las comunidades religiosas, laicales o parroquiales que,
de distintos modos y por distintas razones, muchas veces sin la plena
consciencia de sus miembros y por el seguimiento acrítico de un líder
carismático, empiezan a encerrarse en sí mismas hasta el punto de perder
—en la práctica— la riqueza, la sabiduría, el consuelo y el acompañamiento que
implica su pertenencia a la Iglesia; llegando a desarrollar, casi como una
enfermedad, características de estilo sectario: fanatismo, intransigencia,
rigorismo, victimización institucional, egocentrismo, triunfalismo,
idealización de las autoridades, voluntarismo… y la lista podría continuar.
Lamentablemente,
no son pocas las comunidades que en la actualidad se han contagiado de esta
enfermedad y le han hecho un grave daño a toda la comunidad eclesial y a las
personas que, directa o indirectamente, han perdido la fe por su pobre
testimonio cristiano. Sin contar las comunidades que ya han sido investigadas y
en este momento se encuentran en un proceso de sanación y acompañamiento,
actualmente la Iglesia investiga a más de una docena de fundadores y evalúa la
calidad de la vida religiosa de las comunidades que iniciaron. Así están las
cosas.
¿A qué voy
con todo esto? Pues a que la cosa no parece un problema aislado ni una infeliz
coincidencia. Algo está pasando. No sé si sea el individualismo exacerbado de
nuestras sociedades que se inocula también en las comunidades religiosas, tal
vez sea la pérdida de una recta teología de la cruz remplazada por un
«encarnacionismo» excesivo, o, simplemente, la astucia del demonio, que
encontró en este tiempo muchos hombres frágiles y carismáticos, fundadores de
comunidades por la Gracia de Dios, que, hinchados por su propio ego y por la alabanza
torpe de algunos pobres incautos, se volvieron presas fáciles para que el
maligno los arrastrase a la madriguera de la soberbia y ahí los devorase. ¿¡Qué
sé yo!? Las causas no las conozco. Dejemos esas reflexiones a los teólogos o
sociólogos católicos. Yo quiero aportar algo que sí conozco; y,
lamentablemente, lo conozco de primera mano. Me refiero a los síntomas de una
comunidad que empieza a enfermarse de sectarismo. Para ser completamente
sincero, no es un argumento del cual me sea fácil hablar, pero creo que las
reflexiones que vendrán a continuación —muy personales, por cierto— pueden dar
algunas luces para que cada uno haga un examen de conciencia y
evalué si su comunidad, parroquia o movimiento, ha comenzado a experimentar
alguno de los siguientes síntomas:
1. Los ángeles no son santos.
Así de
simple: los ángeles no son santos. Y cuando un ser humano comienza, por
iniciativa propia o por estupidez de quienes lo rodean, a llenarse de atributos
angelicales, entonces no le hacemos ningún favor creyéndolo un santo. ¿Por qué?
Simplemente porque no lo es. Es un ser humano pecador como cualquier otro que
necesita el sostén y el aliento de la gracia y de sus hermanos. A
través de una alabanza que no le corresponde, no hacemos otra cosa sino allanar
el terreno para que el demonio engañe y subyugue a esa persona. Ojo, nadie
niega que estos hermanos puedan ser personas muy virtuosas y abnegadas. El
punto es que ningún ambiente de adulación constante es saludable para el ser
humano. El mismísimo Papa nos recuerda sin descanso que él también es un
pecador y que necesita de nuestra oración. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no son
pocas las personas que se asustan cuando el Papa dice algo así? ¿Acaso no nos
faltará un poco de más de realismo cristiano?
Si en tu
comunidad existen hermanos o autoridades tratados casi como objetos de
devoción, cuyas palabras son como páginas del Evangelio que llueven desde el
cielo, es importante tener cuidado y ser muy conscientes de que el demonio se
aprovecha de estas situaciones para tejer sus redes. Ojo, seguramente esta
persona es muy buena y dice cosas muy ciertas, nadie lo niega, ¡por algo tiene
un puesto de servicio importante, ¿no?!, y no se trata de buscarle pecados o
yerros a partir de ahora, se trata de saber que los tiene, que necesita consejo
y compañía, que está tan necesitado del perdón y de la Gracia de Dios
como lo estamos tú y yo. Aunque te duela, si crees sinceramente que se
equivoca o que está abusando de su autoridad, corrígelo con humildad; es decir,
ámalo.
2. La lógica de negros y blancos oculta el temor a los
grises
Hay que
tener cuidado con las narrativas de negros y blancos, buenos y malos, fieles e
infieles, sanos y enfermos, etc. Estas se pueden aplicar a la política, a la
vida espiritual y a tantas otras realidades pasando por nuestras comunidades, e
incluso a nosotros mismos. Es un modo infantil de leer la realidad que hace que
las lecturas sean muy cómodas. Estás aquí o estás allá. Es progresista (negro)
u ortodoxo (blanco), ese es un obispo fiel (blanco) o infiel al Papa (negro),
es un tipo que abandonó la vida religiosa (malo) o uno que perseveró (bueno).
Sin querer caer en el relativismo ni negar que hay acciones y actitudes
objetivamente equivocadas, me parece que esta es una típica lógica
sectaria que teme la existencia de los grises. En la vida, disculpen,
creo que los grises son la mayoría y son incómodos porque sus tonos provienen
de la complejidad de la realidad y no encajan dentro de nuestro modo
etiquetador, categórico, ideológico, y muchas veces simplista, de pensar. Es algo
que me parece que el Papa Francisco está combatiendo con mucha fuerza durante
su pontificado.
Me atrevería
incluso a afirmar que Cristo fue un enorme gris para las expectativas de los
judíos que esperaban al Mesías. Solo los hombres valientes, esos que lograron
romper con el sectarismo y la lógica de los blancos y negros, lograron aceptar
el gris de Jesús; es decir, un Mesías glorioso, sí, pero cuya gloria brilló en
la humildad, la misericordia y la humillación. Hoy en día —tal vez hoy más que
nunca—¿tu comunidad es capaz de distinguir las tonalidades de la realidad, o
todo pasa por el filtro del blanco y el negro?
3. El mundo se puede cambiar, pero lo cambia la
Iglesia
No importa
si formas parte de una reconocida élite intelectual católica, de un grupo o
movimiento con cientos de vocaciones al año, o de una parroquia atiborrada de
fieles todos los domingos, el día que comiencen a sentir el aguijón de la
vanagloria y empiecen a sentirse la almeja con la perla en medio de un montón
de moluscos vacíos, ese día, para ustedes, inició un cisma espiritual que, de
no detenerse, los terminará alejando de la única fuente de gracia que Dios le
ha regalado al mundo: la Iglesia. «Pero es que la Iglesia es…» ¡Sí!
La Iglesia es frágil y pecadora, los obispos están lejos de ser perfectos, no
sabemos hablarles a los jóvenes y las parroquias todavía no están en
Twitter… y aun así Dios la quiso a ella para derramar su gracia en el
mundo. La Iglesia aplaude los logros y las cosas buenas que
hacen las comunidades, pero en sus dos mil años de historia su sabiduría la
lleva a ser cauta con los triunfalismos y las fórmulas temporales de éxito,
ella sabe que la acción de Dios es misteriosa y también actúa en lo sencillo y
lo humilde, en las aparentes derrotas y, sobre todo, a través de la oración y
la cruz. La Iglesia es un sacramento universal de salvación, no una asociación
estratégica de conversión y canalización de la vida cristiana; en otras
palabras, nos fundó Jesucristo, no Gramsci (¡gracias a Dios!).
4. Integrar la propia fragilidad
Todos
tenemos heridas. Las heridas están en nuestro pasado, las cargamos en el
presente, y tal vez, casi con certeza, las tendremos en el futuro. Cuando las
comunidades religiosas forman personas solamente para cosechar éxitos
apostólicos, éticos, humanos o espirituales, etc., entonces están creando
pequeños extraterrestres que será mejor que sean enviados en un cohete espacial
a su planeta de origen antes de que caigan en cuenta de que viven en el planeta
Tierra y son seres humanos de carne y hueso. En la vida hay fracasos y
frustraciones y conocer a Cristo y ser cristianos —incluso consagrados—no
nos exime de tener que hacer la cola del sufrimiento y la derrota, tampoco
nos da derecho a colarnos para sufrir menos, lo único que significa es que
llevamos en el corazón la seguridad de que esa frustración personal y ese dolor
no son más fuertes que el amor de Dios, y que esa certeza crece cuando la
compartimos con quienes, como nosotros, avanzan en la fila hacia el check-in de
la vida. Las comunidades, sea la que sea, tienen que formar hombres que anhelen
y busquen la santidad: eso significa preparar Seres humanos —laicos y
consagrados—para aceptar también sus derrotas y sus miserias. Después de
algunos años buscando ser santo de la manera equivocada, ahora creo
sinceramente que la santidad es dejarse amar por Dios y tratar, poco a poco, de
que Dios ame a través de nosotros; evitando, claro que sí, que nuestro pecado
distorsione ese amor, pero sabiendo que a veces nuestras heridas son canales
privilegiados por donde el amor de Dios nos colma y se irradia a los demás.
5. Integrar la propia personalidad
Una misma
comunidad, carisma, espiritualidad o disciplina, no quiere decir una misma
personalidad, ideas, ritmos, estudios, expectativas, anhelos, deseos, peinados,
etc. Esto san Pablo lo tenía clarísimo, pero, al parecer, muchas comunidades en
la actualidad no lo hemos tenido muy claro. Así como con la lógica de los
blancos y negros (que he descrito líneas arriba), la uniformización también es
un modo de evadir la realidad y de no dejarla interpelarnos. ¿Por qué? No soy
sociólogo ni psicólogo, pero no se necesita serlo para darse cuenta de
que la uniformización es más fácil de controlar que la diversidad. Lidiar
con la diversidad y la riqueza de personalidades dentro de una comunidad
implica mucha confianza en el Espíritu de Dios y en la Iglesia que nos guían
por un mismo camino aun cuando los hombres tienen opiniones, sentimientos y
maneras de hacer las cosas diferentes los unos de los otros. Hay algo de
desconfianza espiritual en la uniformización de las personas, algo de falta de
fe que poco a poco, cuando pasa la efervescencia de la etapa fundacional, se
hace evidente y aniquila la experiencia carismática en una comunidad.
Desde el
punto de vista de la persona que participa en una dinámica de uniformización y
renuncia a algunos rasgos importantes de su propia personalidad y manera de
ser, la experiencia también es muy dura y la vida cristiana, laica o
consagrada, se va haciendo cada vez más penosa y cuesta arriba hasta el punto
no lograr comprender más por qué las promesas de Dios no se cumplen en la propia
vida. Muchas de estas personas, desorientadas y cansadas de esforzarse por
encajar en un modelo único, terminan buscando ayuda en terapias psicológicas
que no siempre ayudan a comprender que Dios puede permitir errores en la propia
formación y sacar de ello frutos de conversión y crecimiento espiritual.
6. El carisma no es principalmente aquello que
nos distingue de los demás
Haré
mías algunas de las reflexiones del P. Rupnik en esta conferencia para explicar este punto. No
es nada extraño que algunas comunidades piensen que el carisma que han recibido
es aquello que los distingue de otras instituciones eclesiales. Pero la verdad
es que el carisma es todo lo contrario: es el sello indeleble de nuestra
pertenencia a la Iglesia y de nuestra condición de miembros del cuerpo de
Cristo. Y bueno, claro que es don especial, por supuesto que es un regalo único
para cada comunidad, pero la realidad hay que pensarla en el orden correcto: el
carisma, en primer lugar, es un precioso signo de comunión y hermandad dentro
del cuerpo y la misión de la Iglesia. Rumiar el carisma para cobijar
pensamientos y sentimientos de diferencia, separación, y hasta superioridad, es
la mejor manera de despreciar la razón por la que Dios gratuitamente nos lo
entregó.
Pensemos en
los mosaicos y en los frescos de las Iglesias medievales. Ninguno de ellos
estaba completo. Cada imagen se conectaba, de alguna manera, con otra imagen, y
todas ellas formaban, junto con el ábside, los retablos, el altar, etc., un
solo y potentísimo mensaje catequético sobre la unidad, la belleza, el amor o
la verdad de Dios. Si pensásemos en muchas de las comunidades
religiosas que existen en la actualidad y las imaginásemos como frescos,
altares o mosaicos dentro de una iglesia, nos daríamos cuenta que se parecen
mucho a las iglesias modernas: un altar dedicado a un santo por aquí, una
imagen sobre la vida de algún patrono por allá, ninguno conectado con el otro
y, de alguna manera, exigiendo una devoción exclusiva e individualista
desconectada de la unidad de la iglesia en su conjunto. Por esta razón, cuando
una de estas comunidades sufre los embates de un escándalo o una crisis muchos
de sus fieles abandonan también la Iglesia. ¿Podemos culparlos? En el fondo
estas comunidades eran frescos o mosaicos que se creían completos y no
invitaban a la contemplación del conjunto ni producían sentimiento alguno de
pertenencia a la Iglesia. Es una pena.
7. «Sean perfeccionistas como el Padre es
perfeccionista» (¿Uh?)
Es esencial
comprender qué es lo que entendemos por virtud, ascesis y búsqueda de
perfección. Lamentablemente muchas comunidades, especialmente en los años de
formación de la vida consagrada o religiosa, pero también en instituciones
laicales, la búsqueda de una reconstrucción de la humanidad caída ha sido
equivocadamente prioritaria y alejada de una sana teología de la gracia. ¿A qué
me refiero? A que el individuo, como dice el P. Rupnik, cuando recibe la
vida de Dios, muere. No hay perfección humana que pueda sostenerse
cuando Dios nos visita y nos muestra lo frágiles y pequeños que somos delante
de Él y de la misión que nos tiene encomendada. Quienes se preparan y se dan
golpes contra la pared por estar a la altura de la visita de Dios probablemente
terminen dándose golpes contra el diván de un psicólogo o de un psiquiatra por
ponerse sobre las espaldas un peso que no podían cargar. Y con esto no quiero
decir que no debamos practicar la virtud o vivir una vida ascética; pero
cualquier práctica de este tipo debe ayudarnos a ganar en humildad, a reconocer
nuestra fragilidad y a prepararnos para ser derrotados por Dios (al estilo de
Jacob) y continuar confiando Él. La verdadera ascesis lleva a la contrición del
corazón y no a su entumecimiento fruto del orgullo y la autosuficiencia.
Ese es el
mejor modo de preparar la perfección a la que estamos llamados. Y digo
«preparar» intencionalmente, porque es Dios quien nos hace perfectos
regenerándonos en su hijo, gracias al poder del Espíritu Santo que ha prometido
a la Iglesia. Es decir, no es una perfección individual. Jesús nos dijo que
seamos perfectos como Dios es perfecto y Dios es una comunidad de amor. ¿A
quién no le quedó claro esto? El cristianismo no se construye sobre
individuos perfectos; sino sobre personas regeneradas en Cristo, hijos
de Dios y miembros de la Iglesia. Esto es una gracia, dura una vida, empieza
con el bautismo, y se realiza en el cuerpo de Cristo. ¿Lo ponemos más claro?
Los santos no son self-made men; es más, simplemente no existirían
si no existiera la Iglesia Católica.
8. Cuando nos enamoramos de las obras
tro síntoma
es la importancia desmedida de los proyectos apostólicos. Llega un punto
donde tener grupos, parroquias, iniciativas, colegios o universidades se vuelve
lo más importante. Claro, la razón es el apostolado y la evangelización y eso
está muy bien, pero hay un momento donde el demonio se aprovecha de nuestro
activismo y trastoca las cosas. Los proyectos también generan presencia
eclesial, admiración, poder, etc., y si una comunidad no hace un constante
examen de conciencia puede comenzar a empujar a las personas a vivir en
función de dichos proyectos.La oración, el fundamento espiritual, y el
origen apostólico de todas esas obras se empieza a perder y se comienza a vivir
en función de las gratificaciones mundanas y secundarias que estos proyectos
generan. Es una lástima, pero estas cosas pasan y hay que estar alerta. Se
pueden cometer muchos abusos y hacer mucho daño cuando las obras ocupan un
lugar más importante que las personas. Ejemplos los hay en cantidades.
9. Las críticas a la comunidad
Ninguna
comunidad está exenta de críticas. Hay laicos, sacerdotes y obispos que a veces
no están de acuerdo con las cosas que una determinada comunidad hace. De vez en
cuando hay hermanos dentro de la comunidad que expresan juicios negativos. En
mi opinión el modo de reaccionar de una comunidad ante las críticas externas e
internas es un gran termómetro que mide y regula el nivel de sectarismo. ¿La
comunidad es capaz de hacer una auto-crítica? ¿Disentir está permitido y las
opiniones contrarias u objeciones a ciertas prácticas son escuchadas y tomadas
en cuenta? ¿O se aplica la lógica de blancos y negros donde quienes están en
desacuerdo son tachados automáticamente de “comunistas”, “progresistas”,
“enfermos”, “loquitos” o “acomplejados”? Es bueno poner atención: cuando
aparece una crítica a la comunidad, ¿se la discute y rebate con argumentos
sólidos o se la desestima en base a la descalificación moral de la persona que
la emite?¿Se enfrenta a la persona y se busca comprender las razones por
las cuales ha formulado la crítica o se evade el argumento? Por otro lado,
cuando se trata de una situación interna, ¿cuán libres se sienten (sí, sí, ¡se
sienten! he usado el verbo correcto) los miembros de criticar algunas prácticas
y proponer mejoras al modo de hacer las cosas? ¿Cuán libres se sienten los miembros
de criticar actitudes de abuso o maltrato por parte de sus autoridades? Todas
estas son preguntas importantes que toda comunidad y sus miembros deben hacerse
con mucha seriedad.
10. La obediencia es un tesoro, ¿lo sabe la autoridad?
El ejercicio
abusivo de la obediencia ha causado graves daños en varias comunidades. Creo
que todos lo sabemos. Muchos de los puntos que he tocado en este recorrido de
síntomas son factores que crean un clima inadecuado para un ejercicio sano de
la obediencia religiosa. Me explico, si una comunidad está enferma de
perfeccionismo voluntarista, si pone las obras por encima de las personas, si
despersonaliza a sus miembros a través de un modelo único de comportamiento, si
es inmune a las críticas y sus miembros no se sienten libres de alzar la voz
para criticar prácticas inadecuadas, etc., etc., pues la obediencia
lamentablemente se desvirtúa y pasa, de ser un regalo de Dios para vivir el
desapego personal y la unión amorosa a su plan, a ser un instrumento
del cual se puede aprovechar para crear y mantener dinámicas de abuso, censura
y encierro ideológico.Lamentablemente, a este cuadro tenemos que añadir
algunos casos de violencia sexual que, por desgracia, directamente o
indirectamente han ocurrido valiéndose de una relación de obediencia.
Lo duro
cuando hablamos del voto de obediencia es que toca fibras muy íntimas en
el corazón de un religioso o laico consagrado. Cuando una persona acepta
libremente su voto o compromiso de obediencia se pone en manos de Dios y acepta
la mediación y la ayuda de un hombre (o una comunidad) para discernir lo que
Dios quiere de él. Renuncia a dirigir su propia vida con total autonomía porque
un pedazo de esa libertad ha decidido ponerla en manos de un Dios que no puede
traicionarlo. Cuando un superior abusa de su autoridad y maltrata a un
religioso es muy difícil no involucrar al Señor en el conflicto y decirle:
«confié en ti y me traicionaste». Por eso la autoridad no puede ser un
premio para los mejores ni un rango jerárquico al estilo militar: la
autoridad, como dice el Papa, es un servicio hermoso donde el superior abre las
manos y el religioso deposita la perla preciosa de su confianza y su esperanza
en la bondad de Dios. Por esta razón, el ejercicio respetuoso de la autoridad y
la comprensión del valor enorme del voto o compromiso de obediencia son dos
claves en la experiencia de una comunidad religiosa sana; y, por el contrario,
son dos termómetros—casi matemáticos—del sectarismo presente o latente en una
comunidad religiosa.
11. ¿Cómo se trata a las personas que abandonan la
comunidad?
Este punto
lo añadí una día después de publicar el artículo. ¡Casi lo olvido! Un síntoma
muy fuerte de sectarismo es tratar con indiferencia, rencor o desprecio a los
ex-miembros de la comunidad. E inclusive se puede llegar al extremo de tratar
con desconfianza a los miembros que mantienen relaciones con las personas que
se retiran de la institución. Voy a ser muy claro: esto no viene de
Dios, es una actitud demoniaca que golpea muy duro a las personas que
durante muchos años entregaron su vida al servicio de la comunidad. ¿Somos
capaces de entender esto? Que de un momento a otro, por el hecho de haber
decidido dejar el movimiento, el grupo o la familia espiritual —por las razones
que fueran—, los compañeros y los amigos que hiciste ahí te cierren
las puertas y te traten con distancia y sospecha, ¿no crees que puede ser un
golpe que puede dañar seriamente a la persona? Si esto está pasando en tu
comunidad, ten cuidado, este síntoma es inequívoco. Comprométete a cambiar esta
situación pero no te escandalices. Muchas de estas cosas se hacen sin maldad;
simplemente son automatismos aprendidos con el tiempo alimentados por una
grave incapacidad de auto evaluación y discernimiento comunitario.
Por último,
¿qué hacer si mi comunidad, movimiento o parroquia, tiene uno o varios de estos
síntomas?
Disculpen si
es que no profundizo demasiado en esto, pero este artículo ya está bastante
largo. Creo que el consejo más importante es el siguiente: es muy sano
conversar con personas buenas, sabias y bienintencionadas externas a la
comunidad. Puedes hablar con tu obispo o con algún sacerdote amigo que
pueda darte luces y una opinión imparcial. Si la situación fuese muy
grave tienes todo el derecho de tener un confesor o un consejero espiritual
externo a la comunidad. Nadie puede decirte a quién le abres tu consciencia ni
tu fuero interno. De ese acompañamiento o amistad pueden surgir puntos de vista
diferentes y nuevos ánimos que te ayudarán a mirar las cosas con más
libertad y a ganar confianza para ayudar a tu comunidad a sanar aquellos
síntomas que tú crees que la puedan llevar a enfermarse más seriamente.
¿Un consejo
más? No te quedes callado. Mide tus palabras pero habla, comenta lo que crees
que está mal a pesar de que puedas estar equivocado. No te pelees, reza mucho
lo que quieres decir pero no rehuyas a tu deber de evidenciar los síntomas de
los cuales hemos hablado. Si alguien juzga tus intenciones examínalas
delante del Señor en la oración, pero si tu causa es justa, continua con ella.
Escucha lo que tus hermanos tienen que decir y no te encierres en tu modo de
ver las cosas, dialoga con respeto y verás que poco a poco el Señor también
hará su parte.
Estos
consejos o cualquier otro que te pueda dar se resumiría en: mira a la
Iglesia, respira con la Iglesia y busca la ayuda de la Iglesia. La
Iglesia es madre, es sabia y es tierna. No desconfíes nunca de ella, porque en
el mar borrascoso en que nos toca navegar, Ella es la única embarcación segura
porque, a pesar de todas sus fallas, ha sido construida por Dios y su Capitán
sabe muy bien lo que hace.
Por último,
recuerda siempre, el antídoto contra el sectarismo se llama
catolicismo. Una y otra están en dos polos opuestos de la realidad.
Podría
continuar, pero hasta aquí llegué. Si es que lograste leer todo el artículo (o
si leíste solo una parte) me encantaría leer tu opinión. Que Dios te bendiga.

Gracias por este nuevo articulo!
ResponderBorrarMuchas gracias por su artículo sr. Mauricio Artieda, a quién no tengo el gusto de conocer.
ResponderBorrarMuchas gracias por sus buenas intenciones, generosidad y su deseo de hacer bien. Decirle que en mucho de lo expuesto estoy de acuerdo (actitudes grupales, comportamientos sectarios), en algunas ideas razona das discrepo un tanto, y en otras abiertamente, - como por ejemplo su consejo final- estoy en contra abiertamente. Yo lo desaconsejo de lleno; lo último ultimísimo que haría, si estuviese en una situación de aprensión, escrúpulo, malestar como parece que algunos están, y QUIZÁ (beneficio de la duda) les pueda ser útil, (no es mi caso, será que tengo la conciencia deformada o soy muy autosuficiente), pero lo últimisimo -reitero- sería ir hablar con un obispo (sobre todo), o un sacerdote, un clérigo (depende cuales, hay dudo) Le ruego que no se moleste, es una mera opinión personal que puede estar equivocada. ¿Sabe qué ocurre? que cada día me convenzo más que esto de la Jerarquía eclesiástica: obispos, presbíteros, diáconos, -a los cardenales los dejamos porque quedan muy lejos de la mayoría de los mortales. Es un poco, - y perdón por la comparación- como los INTERMEDIARIOS en el mundo de los negocios: terminan ENCARECIENDO el producto final.
¿En qué discrepo? en especial el ítem 3, que es donde subyace un problema de autoridad. Discrepo en la comprensión y visión/idea de la Iglesia. Pudiendo ser que he leído mucha literatura Martín y Fliche (los clásicos), LLorca, Suárez, P. Browm, también "herejes" Hans Küng , C. Vidal (jeje, es broma). ¿La Iglesia no cambia, ... vd. cree? Doy por descontado que SIEMPRE es/FUE asistida por el Espíritu Santo y su INMORTALIDAD, y que cuando se refiere y habla de la inmutabilidad, está hablando de ese Espíritu . No me voy a perder en datos históricos, hechos y circunstancias como por ejemplo la famosa digresión del grandísimo s. Eusebio de Cesaréa (s. IV!!!) en su cantidad de obras, y el acceso a fuentes de datos insospechadas donde nos habla de la superioridad de la vida contemplativa frente a la activa. ... Una SANA DESCONFIANZA o excepticismo (donde concuerdo en su escrito, sr Artieda). SANA DESCONFIANZA de cuando uno se mira al espejo por las mañanas y se ve tan pecador y conocedor de sus miserias le lleva a preguntarse: ¿habrá gente verdaderamente altruísta que quiera hacer el bien desinteresadamente, sin nada a cambio porque es llamado ... ??? ¿será posible, será que eso existe ...? Mientras de fondo, se escucha en el noticiero de la radio el último escándalo de Intermon Oxfam.
Hace unas semanas atrás, saliendo de una iglesia después de Misa, en la ciudad de Zaragoza donde vivo, me deparé con un folleto explicativo a modo de informe titulado "Nuestra Iglesia". En el mismo aparecía un balance e inventario de ingresos/gastos muy bien detallado y desglosado, describiéndose uno de los apartados así:
APORTACIONES VOLUNTARIAS DE LOS FIELES: 9.472.685,73€
RETRIBUCIÓN DEL CLERO Y PERSONAL: 7.177.090,99€
¿Mas del 75% va para el sostenimiento de los "pobres" que trabajan para los pobres y solventar los problemas de pobreza???. Cierto es que está justificado desde la Epístolas de s. Pablo: quien trabaje en el altar, que viva del altar. ¿Pero, no sé si me explico? Es muy irreverente, y me desagrada también a mí, hablar de un chiringuito o cotarro financiero, pero creo que la Iglesia también tiene que dar motivo. Ese informe ya lo es, obligados por cumplimiento legal.
No hablemos ya, de aquellos que frívolamente piden donativos para colocar bancos y reclinatorios góticos en sus capillas, residiendo en zonas de alto de standing de la ciudad de Madrid; sin rubor alguno. Dice su anuncio: ¡Aproveche la ocasión!, qué podrá beneficiarse de la desgravación fiscal en su próxima Declaración de la Renta. Esos, se supone que están siendo investigados. En qué consiste esa investigación, sería harina de otro costal.
Le dejo hoy por aquí, tengo que retomar asuntos. Un saludo, un placer en conocerle y reiterar mis agradecimientos.