El buen espíritu y el recinto cerrado
«Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe.»(1 Cor 13,1)
Hace un año y medio recomendé vivamente El minuto heroico. Quienes lo vieron reconocieron, si conocían de cerca ciertas instituciones católicas de alto control, un patrón que no es anecdótico: captación temprana, alejamiento de la familia de sangre, dirección espiritual convertida en presión, trabajo sin derechos disfrazado de entrega, y esa frase que se repite hasta el cansancio cuando alguien por fin se va: «si el primer día me lo hubieran explicado todo…».
El viernes 25 de septiembre HBO Max estrenó la continuación. Se titula El buen espíritu: Detrás de la puerta del Opus Dei. La dirige otra vez Mònica Terribas. Son tres episodios. Hablan catorce hombres —en su mayoría antiguos numerarios y algunos sacerdotes— de once países: España, Italia, Francia, Polonia, Alemania, Inglaterra, México, Guatemala, El Salvador, Estados Unidos, Argentina. Varios ocuparon cargos: directores, secretarios, miembros de consejos locales y de comisiones regionales. No son solo quienes padecieron el recinto. Son también quienes lo administraron.
Eso importa. En El minuto heroico: Yo también dejé el Opus Dei se oía sobre todo a quienes fueron usadas. Aquí se oye, además, a quienes usaron. Terribas lo ha dicho con claridad: muchos de estos hombres se reconocen a la vez víctimas y victimarios. Manipularon dinero, vigilaron que «todos contribuyeran como tenían que hacerlo», reprodujeron las mismas normas que después los aplastaron. El patrón sectario no consiste en que todos sean fanáticos. Consiste en que la estructura permite el fanatismo, lo premia a veces y lo explica como fidelidad.
Los títulos de los capítulos no son casuales. Predestinados. Santos en medio del mundo. El mal espíritu. Quien ha habitado ese lenguaje sabe lo que significan. El «buen espíritu», en la jerga interna, no es el Espíritu Santo. Es obedecer a los directores, cumplir las normas, no quejarse, entregar el sueldo, alejarse de la familia de sangre, no dudar. El «mal espíritu» es precisamente lo que cualquier conciencia adulta llamaría libertad: preguntar, llorar, pensar que fuera de la Obra también hay vida, no darlo todo, no aceptar que la vocación te la asigne un aparato. Cuando un grupo llama «mal espíritu» al ejercicio de la razón y de la caridad hacia los de casa, el termómetro ya no engaña.
San Pablo no dejó criterio más exacto. La caridad no es consigna de campaña ni «formación exigente». No es el calor de la camaradería entre los que se reconocen. Es la forma de todas las virtudes. Se dirige primero a Dios y, por Él, al prójimo concreto: al padre, a la madre, al hermano, al que se va y al que nunca entró. Cuando esa caridad se estrecha hasta convertirse en lealtad de clan, no estamos ante un exceso de celo. Estamos ante el síntoma.
La serie lo muestra sin necesidad de teoría. Adolescentes «predestinados» a numerarios o a sacerdotes antes de tener discernimiento maduro. Destinos decididos por otros: tú estudiarás esto, tú irás a aquel país, tú no volverás. La familia biológica pasa a segundo plano ante la «familia espiritual». La correspondencia, el dinero, el horario, el cilicio, la ducha fría, la prohibición de ciertas emociones —incluso del llanto— se presentan como medios de santidad. Después de la muerte de Escrivá, según los testimonios, el sistema no se suaviza: se reproduce. El fundador, vivo o muerto, ocupa un lugar que no le corresponde. Honrar a quien Dios usó no es pecaminoso. Hacer de su figura el criterio último —«el espíritu del Padre», la anécdota que cierra el debate— sí lo es. El siervo se vuelve oráculo.
Hay un rasgo que esta entrega ilumina mejor que la anterior: el recinto no solo captura. También forma gobernantes. Quien entra joven y «tiene buen espíritu» puede acabar dirigiendo centros, manejando cajas, decidiendo vocaciones ajenas. El abuso de conciencia no necesita gritos. Le basta con que no haya a quién recurrir. La dirección espiritual recolecta lo íntimo. La información se filtra. Los medios de afuera son sospechosos. El que duda aprende a callar. El que calla aprende a llamar silencio «fidelidad». Y cuando por fin sale, descubre el estigma: no ha dejado solo una institución; ha sido marcado como quien perdió el «buen espíritu».
Un cuerpo católico verdadero tiene un correctivo visible: el Papa, el obispo, el derecho, y esta libertad concreta: irse de esa obra —no de la Iglesia— sin perder el cielo. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Quien confunde la salida de un recinto humano con la apostasía ya ha puesto a la criatura en el lugar del Creador. El tercer episodio recoge precisamente eso: hombres que rehacen la vida y piden al Papa León XIV que mire de frente lo que hay detrás de la puerta. No es un detalle menor. Quien se queda en la Barca y denuncia el recinto no está atacando a la Esposa. Está pidiendo que deje de ser sustituida por una capilla.
No hablo de herejía abierta. La herejía tiene al menos la honestidad de decir que ya no cree. Lo que aquí se describe es más sutil y, por eso, más dañino: la mezcla. Se conserva la Misa, se recita el Credo, se invoca a la Virgen, se habla de santificar el trabajo ordinario. Y, al mismo tiempo, se introduce un sistema humano que en la práctica se presenta como infalible. La doctrina verdadera sirve de barniz. La obediencia deja de ser virtud teologal orientada a Cristo en su Cuerpo visible y se vuelve lealtad al recinto.
Por eso conviene ver esta serie. No para alimentar odio contra personas concretas que siguen dentro con buena fe —las hay, y no pocas—. Sino para reconocer el mecanismo. Los expertos que aparecen —entre ellos el periodista Gareth Gore, cuyo trabajo sobre el dinero, la captación y el control ya hemos tratado aquí— no descubren un misterio nuevo. Confirman un patrón que exmiembros, fiscales en algunos países y conciencias heridas vienen describiendo desde hace años: captación espiritual de menores, aislamiento, explotación económica envuelta en lenguaje de vocación, y una máquina que, cuando es acusada, responde con silencio, desmentidos generales o la consigna de que «no se puede juzgar a toda la institución por algunos errores».
Ese último argumento es antiguo y flojo. Nadie pide que se condene a cada supernumerario que reza el Rosario y educa a sus hijos. Se pide que se examine una estructura que permite, premia y teologiza el control de las conciencias. Un monasterio puede ser austero hasta el dolor; no suele declarar que fuera de sus muros la gracia es precaria. Si una institución es católica de veras, soporta la visita, la corrección y la marcha de un miembro que no por eso es un apóstata.
Recomiendo, pues, El buen espíritu a quien tenga acceso a HBO Max, y sobre todo a quien aún cree que estos asuntos son «cosas de mujeres de la Obra» o leyendas anticlericales. Los hombres también fueron captados de adolescentes. También fueron separados de sus padres. También entregaron sueldos, destinos y fuero interno. También tardaron años en admitir que aquella gota de veneno no se veía cuando el mundo interno parecía hermoso. Y algunos, al salir, no tiraron la fe con el agua sucia: volvieron a la Iglesia universal, a los sacramentos, a la posibilidad de amar sin permiso del director.
La fe verdadera no esclaviza: libera. La caridad verdadera no divide el mundo entre «nosotros» y «ellos»: une en Cristo. Quien necesite un termómetro, que no empiece por las listas de psicólogos. Que empiece por San Pablo. Y que, después, mire lo que estos catorce hombres se atreven a decir delante de una cámara.
Los tres episodios están ya en la plataforma. Vale la pena verlos. Y vale la pena, después, preguntarse con honradez si el recinto que uno defiende —el que sea— admite que alguien se vaya sin perder el cielo.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
El viernes 25 de septiembre HBO Max estrenó la continuación. Se titula El buen espíritu: Detrás de la puerta del Opus Dei. La dirige otra vez Mònica Terribas. Son tres episodios. Hablan catorce hombres —en su mayoría antiguos numerarios y algunos sacerdotes— de once países: España, Italia, Francia, Polonia, Alemania, Inglaterra, México, Guatemala, El Salvador, Estados Unidos, Argentina. Varios ocuparon cargos: directores, secretarios, miembros de consejos locales y de comisiones regionales. No son solo quienes padecieron el recinto. Son también quienes lo administraron.
Eso importa. En El minuto heroico: Yo también dejé el Opus Dei se oía sobre todo a quienes fueron usadas. Aquí se oye, además, a quienes usaron. Terribas lo ha dicho con claridad: muchos de estos hombres se reconocen a la vez víctimas y victimarios. Manipularon dinero, vigilaron que «todos contribuyeran como tenían que hacerlo», reprodujeron las mismas normas que después los aplastaron. El patrón sectario no consiste en que todos sean fanáticos. Consiste en que la estructura permite el fanatismo, lo premia a veces y lo explica como fidelidad.
Los títulos de los capítulos no son casuales. Predestinados. Santos en medio del mundo. El mal espíritu. Quien ha habitado ese lenguaje sabe lo que significan. El «buen espíritu», en la jerga interna, no es el Espíritu Santo. Es obedecer a los directores, cumplir las normas, no quejarse, entregar el sueldo, alejarse de la familia de sangre, no dudar. El «mal espíritu» es precisamente lo que cualquier conciencia adulta llamaría libertad: preguntar, llorar, pensar que fuera de la Obra también hay vida, no darlo todo, no aceptar que la vocación te la asigne un aparato. Cuando un grupo llama «mal espíritu» al ejercicio de la razón y de la caridad hacia los de casa, el termómetro ya no engaña.
San Pablo no dejó criterio más exacto. La caridad no es consigna de campaña ni «formación exigente». No es el calor de la camaradería entre los que se reconocen. Es la forma de todas las virtudes. Se dirige primero a Dios y, por Él, al prójimo concreto: al padre, a la madre, al hermano, al que se va y al que nunca entró. Cuando esa caridad se estrecha hasta convertirse en lealtad de clan, no estamos ante un exceso de celo. Estamos ante el síntoma.
La serie lo muestra sin necesidad de teoría. Adolescentes «predestinados» a numerarios o a sacerdotes antes de tener discernimiento maduro. Destinos decididos por otros: tú estudiarás esto, tú irás a aquel país, tú no volverás. La familia biológica pasa a segundo plano ante la «familia espiritual». La correspondencia, el dinero, el horario, el cilicio, la ducha fría, la prohibición de ciertas emociones —incluso del llanto— se presentan como medios de santidad. Después de la muerte de Escrivá, según los testimonios, el sistema no se suaviza: se reproduce. El fundador, vivo o muerto, ocupa un lugar que no le corresponde. Honrar a quien Dios usó no es pecaminoso. Hacer de su figura el criterio último —«el espíritu del Padre», la anécdota que cierra el debate— sí lo es. El siervo se vuelve oráculo.
Hay un rasgo que esta entrega ilumina mejor que la anterior: el recinto no solo captura. También forma gobernantes. Quien entra joven y «tiene buen espíritu» puede acabar dirigiendo centros, manejando cajas, decidiendo vocaciones ajenas. El abuso de conciencia no necesita gritos. Le basta con que no haya a quién recurrir. La dirección espiritual recolecta lo íntimo. La información se filtra. Los medios de afuera son sospechosos. El que duda aprende a callar. El que calla aprende a llamar silencio «fidelidad». Y cuando por fin sale, descubre el estigma: no ha dejado solo una institución; ha sido marcado como quien perdió el «buen espíritu».
Un cuerpo católico verdadero tiene un correctivo visible: el Papa, el obispo, el derecho, y esta libertad concreta: irse de esa obra —no de la Iglesia— sin perder el cielo. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Quien confunde la salida de un recinto humano con la apostasía ya ha puesto a la criatura en el lugar del Creador. El tercer episodio recoge precisamente eso: hombres que rehacen la vida y piden al Papa León XIV que mire de frente lo que hay detrás de la puerta. No es un detalle menor. Quien se queda en la Barca y denuncia el recinto no está atacando a la Esposa. Está pidiendo que deje de ser sustituida por una capilla.
No hablo de herejía abierta. La herejía tiene al menos la honestidad de decir que ya no cree. Lo que aquí se describe es más sutil y, por eso, más dañino: la mezcla. Se conserva la Misa, se recita el Credo, se invoca a la Virgen, se habla de santificar el trabajo ordinario. Y, al mismo tiempo, se introduce un sistema humano que en la práctica se presenta como infalible. La doctrina verdadera sirve de barniz. La obediencia deja de ser virtud teologal orientada a Cristo en su Cuerpo visible y se vuelve lealtad al recinto.
Por eso conviene ver esta serie. No para alimentar odio contra personas concretas que siguen dentro con buena fe —las hay, y no pocas—. Sino para reconocer el mecanismo. Los expertos que aparecen —entre ellos el periodista Gareth Gore, cuyo trabajo sobre el dinero, la captación y el control ya hemos tratado aquí— no descubren un misterio nuevo. Confirman un patrón que exmiembros, fiscales en algunos países y conciencias heridas vienen describiendo desde hace años: captación espiritual de menores, aislamiento, explotación económica envuelta en lenguaje de vocación, y una máquina que, cuando es acusada, responde con silencio, desmentidos generales o la consigna de que «no se puede juzgar a toda la institución por algunos errores».
Ese último argumento es antiguo y flojo. Nadie pide que se condene a cada supernumerario que reza el Rosario y educa a sus hijos. Se pide que se examine una estructura que permite, premia y teologiza el control de las conciencias. Un monasterio puede ser austero hasta el dolor; no suele declarar que fuera de sus muros la gracia es precaria. Si una institución es católica de veras, soporta la visita, la corrección y la marcha de un miembro que no por eso es un apóstata.
Recomiendo, pues, El buen espíritu a quien tenga acceso a HBO Max, y sobre todo a quien aún cree que estos asuntos son «cosas de mujeres de la Obra» o leyendas anticlericales. Los hombres también fueron captados de adolescentes. También fueron separados de sus padres. También entregaron sueldos, destinos y fuero interno. También tardaron años en admitir que aquella gota de veneno no se veía cuando el mundo interno parecía hermoso. Y algunos, al salir, no tiraron la fe con el agua sucia: volvieron a la Iglesia universal, a los sacramentos, a la posibilidad de amar sin permiso del director.
La fe verdadera no esclaviza: libera. La caridad verdadera no divide el mundo entre «nosotros» y «ellos»: une en Cristo. Quien necesite un termómetro, que no empiece por las listas de psicólogos. Que empiece por San Pablo. Y que, después, mire lo que estos catorce hombres se atreven a decir delante de una cámara.
Los tres episodios están ya en la plataforma. Vale la pena verlos. Y vale la pena, después, preguntarse con honradez si el recinto que uno defiende —el que sea— admite que alguien se vaya sin perder el cielo.
Para más testimonios y análisis crítico sobre el Opus Dei, visitar Opus Libros, que hace años trata de este tema. Quien aún no haya visto la primera entrega puede empezar por la nota que publiqué aquí y por la serie misma en HBO Max.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
Un buen amigo me objetó al enfoque (o falta de) de la serie de HBO. Esta es mi respuesta que les puede interesar, ya que es una línea argumental frecuente: descalificar al crítico para ignorar la substancia de la acusación de este:
ResponderBorrarTenés razón en casi todo lo que objetás a la serie. No es un tribunal de la Tradición. HBO no ama el Credo. Una directora con agenda propia no es juez de la ascesis católica. La mortificación, el silencio, la obediencia y el celibato están en San Benito, en San Ignacio y en Santa Teresa: no son, por sí mismos, prueba de secta. Quien no distingue una cartuja de una máquina de captar adolescentes no defiende la libertad; desprecia la Cruz. Y sí: la selección de voces no es inocente. Un testigo puede estar equivocado en su vida personal y, aun así, acertar en lo que le hicieron. Eso no convierte a HBO en maestra de doctrina.
Pero el mensajero no lava la herida. Tampoco la inventa. Que el canal sea hostil no vuelve falso el patrón: captación temprana, ruptura con la familia de sangre, dirección espiritual convertida en control, dinero y destino decididos por la institución. Descalificar el testimonio porque lo dice el enemigo es el reflejo mismo de ese grupo: «si lo dice el de afuera, no puede ser verdad». Los enemigos de la Iglesia no fabrican de la nada las armas que usan. Las recogen donde los pastores las dejaron tiradas.
Si la Iglesia no disciplina, no corrige y no protege a las instituciones que admite en su seno, les abre la puerta a quienes no la aman. Usarán esas falencias —más o menos disimuladas— contra la Iglesia misma. Lo triste no es solo que existan grupos sectarios. Lo triste es que haga falta una HBO, que simpatía por la verdadera doctrina católica tiene poco y nada, para levantar el abuso de estas sectas eclesiales que proliferan en un clima de permisivismo mezclado con justicia selectiva. Se tolera el control de las conciencias cuando viene envuelto en «vocación» y «santidad en medio del mundo»; se escandaliza de la disciplina cuando la pide un monasterio fiel. Eso no es prudencia. Es abandono.
La falta de los pastores no absuelve a la Obra. Explica, en parte, por qué tantos de buena voluntad cayeron. Había hambre. Se ofreció pan. Iba amasado con harina católica y con la levadura de un sistema que no admite salida. El que debía alimentar no alimentó; el que debía guardar no guardó.
Es hora de que el Vaticano ponga la casa en orden. No con un comunicado ni con la defensa automática de una prelatura. Con investigación, con escucha de quienes salieron sin apostatar, y con esta claridad mínima: nadie se santifica a costa de la conciencia de un menor, de la ruptura sistemática con su padre y su madre, ni de una obediencia que ya no remite a Cristo en su Cuerpo visible, sino al recinto. Un Papa no necesita a HBO para saberlo. Si el mundo lo oye primero por HBO, la responsabilidad no es de HBO. Es de quienes callaron dentro.