Entre las ruinas de la infancia sectaria


Escribo estas líneas ahora, en un momento en que el desenlace de mi larga lucha contra el cáncer metastásico se acerca inexorablemente, porque la proximidad de la eternidad agudiza la mirada sobre las heridas del pasado y la necesidad de dejar testimonio claro antes de que el velo se corra del todo. Hay heridas que no sangran a la vista, pero que supuran en el alma durante décadas. Heridas infligidas no por enemigos declarados de la Iglesia, sino por aquellos que, envueltos en un manto de aparente ortodoxia, mezclan la verdadera doctrina católica con prácticas que la deforman hasta hacerla irreconocible. Me refiero a esas formaciones sectarias que capturan familias enteras, especialmente a los más pequeños, en un entramado donde la entrega a Dios se confunde con la sumisión incondicional a un sistema humano, a un carisma particular, a una "línea" que se presenta como infalible. No es herejía abierta, sino algo más sutil y pernicioso: una mixtura que envenena la raíz misma de la fe.

La niñez en tales ambientes es un molde de hierro candente. Los niños, con su inocencia natural, su idealismo y su sed de absoluto, son absorbidos desde tierna edad por un universo cerrado donde la obediencia se eleva a virtud suprema, donde la familia biológica pasa a segundo plano ante la "familia espiritual", y donde cualquier cuestionamiento, por mínimo que sea, se interpreta como tentación o traición. Se les educa no solo en las verdades del Catecismo, sino en una mentalidad de asedio: el mundo exterior es hostil, la Iglesia "oficial" tibia o corrupta, y solo este camino ofrece la salvación plena. La doctrina católica tradicional, con su riqueza inagotable —piénsese en Santo Tomás, en la Summa que invita a la razón iluminada por la fe—, se reduce a consignas repetidas, a devociones exclusivas, a un control que ahoga el libre albedrío que Dios mismo nos ha concedido. Como enseña el mismo Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica (I-II, q. 19, a. 3), el acto humano es bueno cuando se conforma a la razón recta, y la conciencia es precisamente el juicio de la razón sobre lo que debe hacerse; forzarla o deformarla es atentar contra la misma dignidad de la criatura racional creada a imagen de Dios. La libertad interior, ese "sagrario del hombre" donde resuena la voz de Dios (Gaudium et Spes 16), es colonizada.

El impacto es devastador. Estos niños crecen con una fe que parece robusta, pero que está edificada sobre arena movediza: dependencia emocional extrema, miedo al discernimiento personal, una piedad mecánica que mezcla lo genuino con lo fabricado. Muchos emergen como adultos con una visión distorsionada de Dios —no el Padre bueno, no el Jesús que prometió construirnos moradas en el cielo, sino un tirano exigente reflejado en líderes carismáticos— y con dificultades para relacionarse con la Iglesia universal. La caridad se marchita porque se la sustituye por lealtad tribal; la humildad se confunde con la anulación del yo. Y cuando, ya adultos, si alguna vez intentan respirar fuera del círculo, descubren que su formación los ha dejado mal equipados para la vida ordinaria: desconfianza crónica hacia las autoridades legítimas, escepticismo ante todo lo que no encaje en el molde aprendido, y una soberbia latente, esa convicción de pertenecer a un "remanente fiel" que los hace juzgar con severidad a los demás.

Para los padres de estos niños, el despertar suele llegar tarde, como un amanecer amargo tras una noche larga. Muchos ingresaron a estos grupos sectarios con buena fe, buscando una respuesta radical al caos moderno, una formación sólida para sus hijos en medio de la apostasía general. Mezclaron, sin advertirlo del todo, la doctrina católica verdadera —la Misa, los sacramentos, la devoción a la Virgen— con dinámicas sectarias: aislamiento progresivo, control de información, presión psicológica disfrazada de "dirección espiritual". Cuando ven las falencias —hijos alienados o hasta enfermos, matrimonios tensos, vocaciones que se revelan como prisiones—, el remordimiento los invade. "Hicimos lo que creíamos mejor", se dicen, pero el daño está hecho. Para muchos hijos, es demasiado tarde: la huella es profunda, y la reconciliación con la fe, si llega, exige un trabajo de años. Los padres quedan con la cruz de saber que, en nombre de Dios, contribuyeron a deformar almas que les fueron confiadas. Es un dolor que evoca el de David ante el pecado que hirió a su pueblo: "Yo soy el que pequé... ¿qué hicieron estas ovejas?" (2 Sam 24,17).

Salir de estos entramados no es solo físico; es un éxodo del alma. Físicamente, implica romper lazos, enfrentar ostracismo, perder redes de "amistades" que eran, en realidad, controles. Mentalmente, es una batalla titánica contra la programación internalizada y encarnada durante años: el temor a la condenación por "traicionar", la culpa por cuestionar, el vacío que deja la estructura que todo lo llenaba. Muchos pierden la fe por completo, "tirando al niño con el agua sucia" como dice el refrán. Otros, emprenden un trabajo arqueológico doloroso: excavar entre las ruinas para rescatar lo que era auténtico. La doctrina católica pura —la que enseña la Imitación de Cristo, la que brilla en los Santos Padres, la que aún brilla entre la confusión moderna si uno la busca— emerge como tesoro entre escombros. Se rescata la devoción sincera, la entrega generosa, pero se desecha la soberbia disfrazada de celo, el control que usurpaba el lugar del Espíritu Santo. Como en las ruinas de una basílica antigua, uno limpia el polvo, restaura los frescos originales y llora por lo profanado. La fe se purifica, pero nunca vuelve a ser ingenua.

Y quedan marcas para siempre. La desconfianza, como una cicatriz que duele con el cambio de clima: se duda de todo director espiritual, de toda comunidad, temiendo el mismo abuso de poder. El escepticismo, arma de doble filo que protege pero también paraliza la adhesión confiada a la Iglesia. La soberbia latente, ese residuo de "yo vi la verdad más pura", que dificulta la humildad evangélica. Y, sobre todo, la falta de caridad: porque la formación sectaria enseña a amar condicionalmente, a dividir el mundo entre "nosotros" y "ellos", en lugar de ver en cada alma el reflejo de Cristo. San Pablo lo advirtió con crudeza: "Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe" (1 Cor 13,1). Estas marcas no se borran; se integran, se ofrecen en el altar, se convierten en testimonio para que otros no caigan en lo mismo.

La Iglesia, Madre sabia, siempre ha condenado estos desvíos. El Catecismo recuerda que "el abuso de poder... es contrario a la dignidad de la persona y de la libertad" (n. 1938, en contexto de injusticias sociales, extensible al espiritual). Los abusos de conciencia y espiritual violan la misma esencia de la vocación cristiana: la respuesta libre al Amor. No se trata de rechazar el carisma ni las asociaciones laicales —benditas cuando fieles al Magisterio—, sino de vigilar que no se conviertan en ídolos. Como decía León XIII en Libertas Praestantissimum, la verdadera libertad es la que se somete a la verdad, no a hombres falibles.

Escribo esto no con ligereza, sino con la crudeza de quien ha visto de cerca estas ruinas, de quien ha vivido entre los escombros. Con indignación ante el escándalo que daña a los pequeños (Mt 18,6), y con esperanza melancólica en la gracia que todo lo restaura. Para aquellos que llevan estas heridas les digo que la arqueología del alma vale la pena. Excaven con paciencia, recen con perseverancia, vuelvan a la Iglesia universal, a los sacramentos, a la Tradición que aún vive. Dios es bueno y no abandona a sus hijos extraviados por caminos tortuosos. Fiat voluntas tua, incluso en medio de las cicatrices. Y para los que aún están dentro, que el Espíritu Santo ilumine sus conciencias y rompa las cadenas disfrazadas de santidad. La fe verdadera no esclaviza; libera.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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